La casa. Casa. ¿Qué es un hogar en estos días? Mi mente amenaza con destruir el concepto cultural de hogar: cuatro paredes donde gobierna patriarcalmente una autoridad, la madre cocina y los hijos van a la escuela. Luego crecen y se marchan. Después regresan, se enfadan y se vuelven a ir.
Pero no, eso no es un hogar. Y nunca tuve un hogar así, hasta donde puedo recordar.
En mi casa la historia es la historia del mundo. No tenemos una historia propia, sino un convenio de fuerzas infinitas, diabólicas si se quiere, que entretejen lágrimas y risas, amores y odios, antónimos de cualquier palabra finalmente. No me creo ese chiste. Si yo pienso que mi casa es una casa de locos eso será, ¿qué por qué pienso eso? He ahí el verdadero misterio. Por qué pienso eso, por qué pienso eso…
Si digo que mi hogar es uno entre miles, sólo estaré formulando una ley matemática, que es fría e indolente, general y relativa. Yo qué sé del viejo Orestes. Los mejores hogares son fantasiosos, he aquí también una propuesta para una película de cine. Una película de cine, he aquí también un nuevo elemento en la plática de los hogares:
-Mi amor, ¿ya fuiste a ver la nueva película?
-¿Cuál? ¿Una donde sale el nuevo actor de moda?
-Sí. Esa película.
Esa película. Esa película. Son imágenes señores, representaciones de la vida, pero no la vida misma. ¿Y qué es entonces la vida misma? No estoy cansado de preguntármelo sino de respondérmelo. Aquí estamos y arriba no estamos. He aquí la definición común de vida. Y por los mil diablos que creo en ella, pues aquí me tienes. Pero ¿es la vida un hogar? ¿Dónde están sus paredes?
Somos diálogo interminable...dialogo, dialogo. Y la mitad de ese dialogo es diálogo de otra persona, de otro ente. Mi letra es la copia de la copia, sí, del latín al griego y del castellano al mundo. Pero, ¿será que lo que se oculta detrás de mi letra es propio de mí? Es decir, si lo que yo digo, con la sintaxis copiada de mil individuos, me pertenece o no. ¿Estoy en un error al sugerir esto? Qué va ¡pamplinas, literatura!
Sí, en eso creo. Que la sintaxis tiene un principio y un fin. Como la tiene la vida misma. Como lo tiene cualquier ciclo. Como lo tiene cualquier rutina. Pero las sombras no tienen fin, ni principio, siempre ha estado allí, entrecogidas, todas, a veces turbias, a veces locas, revoloteando en forma de mariposas negras, alas que sueltan polvo brillante, que no se ve pero que hace estornudar. El cielo una gran sombra azul. Azul porque se tiene que ver así. En Marte la sombra es roja y más alta.
¿A dónde van caracolitas mías? Las caracolas se arrastran. Para mí se arrastran. No en el suelo de los justos, sino en el suelo que las contiene, que las fricciona.
Cuando digo árbol no conozco árbol, cuando digo estrella no estoy en ella, cuando digo amor, ya se pasó el avión, cuando digo eco, regresa y me dice cooooooo. Para mí eso es un cumplido.
