
Si no fuera por las arrugas alrededor de la piel de Benjamín Luna Landín, una imagen viva, nacido en el año del comienzo de
Portando unos lentes anacrónicos a su imagen, don Benjamín, cuchillo en mano, pela unos carrizos para hacer canastas freseras, “nací en el rancho que está dentro del agua”, señala con todo y cuchillo
Ha perdido la cuenta de cuantos nietos y bisnietos se encuentran alrededor de él, mirándolo a lo lejos o jugando en la tierra junto a su presencia; no obstante sí recuerda cuántos hijos tuvo: 13. Seis mujeres y siete hombres.
“¿Cómo pasó su niñez?”, se le pregunta de pronto, junto a su oído, y asiente. La pregunta es digerida y responde: “Pues uno allá en el campo cuidando animales”, mismos que todavía se perciben en las cercanías, un becerro, una vaca, un burro quizá, en un ambiente categóricamente rural.
“Cuando la revolución de Villa y Carranza fue cuando se quedó el rancho solo, todos se fueron para los pueblos”, dice, su voz es imperceptible a dos metros de él, pero precisa: “de chamaco nomás oía yo los rumores que habían combates en tal lugar”, y sí que lo hubieron, “con unos del Zangarro que se pelearon, ahí estuvieron tiroteando, no hubieron muchos muertos, creo que sólo cinco nomás”, revive.
Hubo una emboscada. Los acorralaron, “ese fue el único combate que yo me acuerdo de esa revolución…”, precisamente, que su mente lozana recuerda; por otro lado, su niñez: trabajo y limitaciones, “desde chamaco yo le sembraba a mi padre, él ya no pudo, entonces le agarré yo el camino”, sin embargo ahora, “como ya no trabajo”, dice, trata de no aburrirse, cortando carrizo.
“¿Aprendió a leer y a escribir?”, sí, responde su hijo, del mismo nombre pero con terminación García en el apellido materno, “lo que nos cuenta sobre su infancia es que fue triste, pero nunca nos dejó sin comer”, afirma, con lo que da tiempo al centenario a retomar la misma pregunta, “sí, nomás que ahorita no puedo”, responde, como si no le creyéramos.
“Por temporadas (fue a la escuela), en una duré tres meses, en otra dos y ahí me enseñé con un amigo que está por aquí en el camino a Silao, nos juntábamos, ¿y cómo se pone fulano y cómo se pone Zutano?”, y así aprendió a escribir y a leer, a la orilla de la presa, durante tardes que siempre prometen anochecer.
“Baldomera, Pachita, Carmen…Miquela...” “¿Micaela?”, preguntamos, ”…si, Micaela”, confirma, luego continúa, “Benjamín, David y Faustino”, termina de nombrar a quienes fueron sus hermanos, no resucitados de la muerte si no se les nombra; más atrás, sus padres: Juventino Luna y María Landín.
Pero si de hablar del presente se trata, don Benjamín refiere, “me tumbó una yegua”, y su hombro derecho le duele, luego retoma al pasado,
“Hubo otros combates en San Marcos y otro en el estrecho del Tablón, Trancas y otras haciendas de los hombres ricos, ahí los acorralaron los cristeros”, relata, como si fuera un cuento de Juan Rulfo, pero eso le contó Ricardo Mares, su compadre de Guanajuato quien le relató la historia.
“Sólo había una entrada en el estrecho”, la retoma, agregando que habían unos burros cargando maíz, “estaba el tiradero de soldados y no hallaban por dónde pasar, se abrían camino entre los cuerpos”, finaliza, y aunque la imagen es dantesca, nos sumerge más en una de Mariano Azuela, “sólo había una entrada en el estrecho…”, ahora sí, finaliza y la imagen regresa.
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Foto: Manuel Bernal (Guanajuato Capital, México, finales de diciembre de 2010)
2 comentarios:
Me imaginé esa charla, esa mirada hacia la nada recordando, añorando esos momentos, o tratar de ponerlos como parte de una película que pasa en algún potro lado...
Regresar de repente y situarse en el ahora, que es lo que es...
Me agradó tu forma de narrarlo, en definitiva, tu escribes el prólogo de mis memorias.
por parte siempre quise morir joven, creo que no soportaria repasar el pasado...
Se les ve en el mirar, tanta scosas... los meros años, las arrugas, cualquieras las tiene, vale tener coraje para saber vivirlas.
en fin... me gusto lafoto y el relato
Biquiños
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