sábado 27 de noviembre de 2010

Badajo

Levantado estoy, en honorable sueño, y cabizbajo don.

Pesada la fantasía, dos apellidos detrás del nombre.

Incrustaciones de oro en los dientes – pasaporte sin firma legal-,

oído sordo a consejos,

pasos de lagartija,

bostezo de sacristán.

Agüita amarilla y los versos

decentes del capitán.

Fósforos en el cielo/ que atraviesan sonámbulos niños

infantil ciudadanía que no mira ni hacia abajo

ni hacia arriba.

Descalzos sujetos, voces del más acá

y un siglo detrás, mordiéndote lento,

la oreja, lamiéndote suave el badajo,

acicalándote rancio el aliento.

Un tío quizá, también, dándose golpes de pecho,

tirando una silla, tirando a matar.

Un padre desvelado, corriendo en la tumba,

amando a tu madre, en tenues segundos.

Un extraterrestre parado en el margen de tu libreta

en la sangría, en el punto y aparte,

detrás de la sílaba tónica,

en medio del terco diptongo.

El diablo en persona

mirándote adentro

metiéndose en sueños

tomándote el culo y lavándolo.

La casa arde en fuego,

y en dos oraciones, la abuela protesta.

Calculo que salgo volando en nocturno acertijo,

y caigo, despacio, profundo, en el piso.

Y muero y revivo, y vuelvo a vivir

y abro los ojos y tartamudeo

y abrazo una imagen

con sangre en la sien.

La luna cobarde se esconde

y muero y revivo, y vuelvo a morir

y tartamudeo hasta el día del fin.

Me escurro, ¿ya dije que vuelvo a morir?

Sacudo los trastes, envidio las horas mortales,

y ahora doy paso a un poema febril:

¿?