Levantado estoy, en honorable sueño, y cabizbajo don.Pesada la fantasía, dos apellidos detrás del nombre.
Incrustaciones de oro en los dientes – pasaporte sin firma legal-,
oído sordo a consejos,
pasos de lagartija,
bostezo de sacristán.
Agüita amarilla y los versos
decentes del capitán.
Fósforos en el cielo/ que atraviesan sonámbulos niños
infantil ciudadanía que no mira ni hacia abajo
ni hacia arriba.
Descalzos sujetos, voces del más acá
y un siglo detrás, mordiéndote lento,
la oreja, lamiéndote suave el badajo,
acicalándote rancio el aliento.
Un tío quizá, también, dándose golpes de pecho,
tirando una silla, tirando a matar.
Un padre desvelado, corriendo en la tumba,
amando a tu madre, en tenues segundos.
Un extraterrestre parado en el margen de tu libreta
en la sangría, en el punto y aparte,
detrás de la sílaba tónica,
en medio del terco diptongo.
El diablo en persona
mirándote adentro
metiéndose en sueños
tomándote el culo y lavándolo.
La casa arde en fuego,
y en dos oraciones, la abuela protesta.
Calculo que salgo volando en nocturno acertijo,
y caigo, despacio, profundo, en el piso.
Y muero y revivo, y vuelvo a vivir
y abro los ojos y tartamudeo
y abrazo una imagen
con sangre en la sien.
La luna cobarde se esconde
y muero y revivo, y vuelvo a morir
y tartamudeo hasta el día del fin.
Me escurro, ¿ya dije que vuelvo a morir?
Sacudo los trastes, envidio las horas mortales,
y ahora doy paso a un poema febril:
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