Luego pasaron algunos años, mi papá trabajaba en una empresa panadera de alta reputación; en el parque me decían “Bimbito”, pero no duró mucho, porque dejé de frecuentarlo (no por eso).
Paseando un día en mi bicicleta divisé en unos locales al bueno de Celso que trabajaba solitario en un local de artesanías convencionales, había aceptado todo sin mayor brusquedad, escapándosele el amor de su vida a la garras de una amiga suya. Un día le pregunté a Celso, cuyo tono blanco y cabello castaño, le particularizaba:
-¿Qué te pasó en el brazo tío Celso?- le dije así porque así me acostumbraban decirle; tenía una gran marca que le abarcaba todo el antebrazo: una cicatriz tremenda.
-Fue por no hacerle caso a mis papás- mencionó.
Paseando un día en mi bicicleta divisé en unos locales al bueno de Celso que trabajaba solitario en un local de artesanías convencionales, había aceptado todo sin mayor brusquedad, escapándosele el amor de su vida a la garras de una amiga suya. Un día le pregunté a Celso, cuyo tono blanco y cabello castaño, le particularizaba:
-¿Qué te pasó en el brazo tío Celso?- le dije así porque así me acostumbraban decirle; tenía una gran marca que le abarcaba todo el antebrazo: una cicatriz tremenda.
-Fue por no hacerle caso a mis papás- mencionó.
Y fue todo, no contó gran cosa. Sin embargo, tiempo después, yo tendría mi propia marca, pareciéndome a Celso en menor escala.
-Mira, ¿ya te mostré mi cicatriz?- me dijo de nuevo, olvidando que ya se lo había preguntado tiempo atrás.
Aquella vez que lo encontré, fui corriendo a casa para decirle a mamá sobre el acontecimiento, pero no pareció sorprenderse mucho. Luego nos visitó unas veces, hasta que, la última vez que le vi, encontró nuestra nueva casa y también nos visitó. Había quebrado en su tienda de artesanías y vivía con su mamá, no tenía pareja y trabajaba en alguna compañía que no recuerdo. Su aspecto era el de un hombre maduro, jovial pero visiblemente triste, de lento andar y movimientos.
-Mira, ¿ya te mostré mi cicatriz?- me dijo de nuevo, olvidando que ya se lo había preguntado tiempo atrás.
Aquella vez que lo encontré, fui corriendo a casa para decirle a mamá sobre el acontecimiento, pero no pareció sorprenderse mucho. Luego nos visitó unas veces, hasta que, la última vez que le vi, encontró nuestra nueva casa y también nos visitó. Había quebrado en su tienda de artesanías y vivía con su mamá, no tenía pareja y trabajaba en alguna compañía que no recuerdo. Su aspecto era el de un hombre maduro, jovial pero visiblemente triste, de lento andar y movimientos.

