viernes 31 de julio de 2009

Las ironías pragmáticas



Las ironías de la vida es un título posmoderno. No hace mucho, la ironía se comenzó a estudiar desde la vertiente más apropiada: la lingüística. Me encanta, pero yo también creo en las "ironías pragmáticas", es decir, aquellas que ocurren todos los días en nuestro entorno, en nuestra realidad, y que se ajustan a un dilema del que pocos podemos encontrar resultados: el dilema de la anécdota.
Quiero contarles algunas, que a lo largo de esta temporada he podido presenciar, indirectamente desde luego, pero que aún así dan para reflexionar. Quiero contarles el caso de un muchacho que saliendo de un hospital, pues trabajaba como chofer de ambulancia, por la poca visibilidad que permitía la niebla de la mañana, se estampó contra un camión degollándose en el acto. Volvía de llevar a dos pacientes cuando aquello ocurrió. ¿Irónico no? Su cadáver se saltará el hospital de donde venía para pasar directo a la morgue.

Otro caso es el de un joven de 21 años, que estando en su pueblo, yendo para su milpa, en compañia de su padre y amigos, se electrocutó al pasar por debajo del alambrado que delimitaba su milpa. Lo curioso son dos cosas: era un día soleado y el rayo seco cayó a kilométros de distancia, recorriendo en centécimas de segundo el alambrando justo en el momento en que el muchacho -con dos meses de casado ergo esposa embarazada- tocaba el maldito alambre. Se preguntarán ustedes que puede ser más extraño -o curioso- que esto. Pues bien, en la foto que le tomaron los periódicos amarillistas puede vislumbrarse el último atuendo del finiquitado: una playera negra de la Santa Muerte. No puedo dejar de pensar en la mañana en que se puso esa condenada playera antes de salir de casa.

Por último, y para no perder el hilo de las "ironías pragmáticas", voy a referirles el siguiente caso. Este es sobre un indigente, que paseando por última vez donde siempre lo hizo, cayó muerto en el mercado justo en el comedor del área del restaurant. Al caer no soltó la botella de aguardiente que traía consigo. El periódico menciona "estallido de hígado".
Lo curioso es que, justo enfrente de donde cayó aniquilado, había una frase escrita en la pared, que funcionada también como el nombre del local. La frase era un sencillo: "No me olvides". ¿Cómo pudo este hombre caer justamente ahí? Tuvo el suficiente poder personal para abandonarse a sí mismo y consignar un epitafio a guisa de título personal; tuvo la voluntad suficiente para cerciorarse de no ser olvidado. ¿Lo olvidarán?

Personalmente creo que la ironía es una forma de llegar a la verdad, a la verdad de las cosas. El "hálito irónico" es una facultad que no toda mente humana puede reproducir; entonces la ironía está a la vez dentro y fuera de nosotros. ¿Qué piensan ustedes?

lunes 27 de julio de 2009

Posdata de Jorge Ibarguengoitia


Ibargüengoitia comienza su educación literaria en 1951 a partir de su ingreso en la clase de Rodolfo Usigli. Sin embargo, es hasta 1959 que reflexiona sobre su búsqueda personal hacia una estética propia, hacia una forma de encauzar su visión personal a través de la literatura, primero del teatro y posteriormente –y de mayor forma- de la narrativa.
A principios de los años cincuenta, con apenas 23 años, Ibargüengoitia escribe obras teatrales durante 10 largos años, no obstante, es en 1959 cuando ya emplea el humorismo –más específicamente la ironía- como su expresión ulterior más sólida, esto es, como su sello personal. En 1964 publica su primera novela Los relámpagos de Agosto a la edad de 36 años; Ibargüengoitia se distinguiría por una cosecha productiva en materia literaria, dedicándose cien por ciento a la narrativa. Para el estudio que nos compete –la producción narrativa del guanajuatense- nos ubicaremos contextualmente a partir de los años 60, cuando gozaba en su mandato gubernamental el presidente priísta Adolfo López Mateos, quien termina su régimen grisáceo en 1964 cediéndole el trono a Gustavo Díaz Ordaz, quien resulta cómplice tácito de los crímenes acaecidos el 2 de Octubre de 1968 contra los estudiantes, en la tristemente famosa, Matanza de Tlatelolco. No importando aparentemente este detalle, se celebraron diez días después -y por primera vez en territorio nacional- los Juegos Olímpicos, limpiando cuanto antes la sangre derramada que daba un mal aspecto a la plaza mexicana, a la ciudad y al país.

domingo 5 de julio de 2009

Marcas de guerra



Hoy hablé con todo mundo; me dolía
la cabeza de tanto parlar, y sin embargo, mi cuerpo no temblaba hasta nombrar
el loco recuerdo negro o la tremebunda Verdad.
¿Estás nervioso? Sólo un poco -dije- porque es preciso contar
las cosas como las cuento, moviéndome el pelo a ratos
y acicalando mi hablar. Tus cicatrices, de las que tanto lamentas,
pueden ser marcas de guerra, que te dé orgullo enseñar,
pues ganada una batalla tienes
así como cuando otros ganan, día a día, agua y pan.
Más el orgullo deveras vale más cuando se calla
que cuando se pone a hablar.
Tus cicatrices de guerra son marcas de libertad.





Foto: Ruinas de Aké (C.G.)