domingo 15 de marzo de 2009

¿Qué es en realidad la realidad?

No es quien diga la cosa sino lo que la cosa en sí misma nos diga.



Mi sistema de interpretación se rige por parámetros poco sofisticados que implemento más como una regla aprendida por repetición que por una capacidad abierta de elección personal. La realidad, mientras uno va viajando en una camioneta hacia un pueblo, se torna principalmente misteriosa: ¿qué es todo esto que nos rodea? Yo entiendo que, tras alejarse de las ciudades, el temperamento de la naturaleza comienza a evidenciarse. De ser parda la mirada citadina del transeúnte hacia la realidad, se torna multicolor. Veo construcciones del hombre moderno en los pueblos sí, pero también veo el panorama despejado y al tiro. Creo que el cielo de los transeúntes es como un domo que encubre sus estados de percepción ordinaria. Creo que el cielo de los campiranos es un espacio abierto que agranda la percepción ordinaria.

Creo que la realidad, y ya lo he repetido como un monologo inexpugnable, es una configuración energética capaz de sobrepasar la mentalidad y la percepción ordinaria del hombre moderno. La vida del hombre moderno es sistemática, no hay razón para dudarlo.

Quiero contar un ejemplo concreto de los avatares de esta configuración: el sábado fui a casa de un amigo para ayudarle a grabar algunas escenas en un campo de futbol; mientras se vestía, bañaba, terminaba de hablar por teléfono y otras cosas, yo comencé a leer una novela que llamó mi atención (ojo, uno selecciona, en este caso, que parte de la realidad va a percibir). El autor era un desconocido para mi (ojo, la mayor parte de las cosas fortuitas que se nos presentan son desconocidas) de apellido Andraka. El libro, hasta lo que alcancé a leer, trataba sobre un joven que, tras verse envuelto en diversos conflictos de orden social y político, decide irse a un pueblo para ejercer un cargo forzado como maestro rural. Al tomar tal decisión (que también, dentro de libro, se da de forma casual) acepta trabajar sin paga: la única paga sería la alimentación diaria, por parte del mismo pueblo, y el hospedaje.
Ahora viene la parte curiosa; hoy me tocó ir a un pueblo, y tras viajar en la camioneta junto a compañeros y amigos, se dio la plática sobre un caso muy parecido. Uno de los que viajaban junto a nosotros trabajaba en una comunidad con las mismas características; sobre eso surgió el siguiente dialogo:

-¿Qué es una ONG?- le pregunté a un maestro.

-Es como una especie de asociación que manda maestros a los pueblos donde la autoridad oficial no llega. Es voluntario y nadie se avienta a ir- respondió.

-¿Y cómo es que va la gente hacia allá?-agregué.

-Pues es que es para gente que no tiene licenciaturas y que no tiene las condiciones económicas necesarias para seguir estudiando. Ni siquiera se les llama maestros; se les llama instructores comunitarios; pero yo creo que debería llamárseles maestros porque precisamente eso son. Ahí se le ofrece la oportunidad de realizar un servicio comunitario. La gente sólo se encarga de darles de comer y donde vivir- concluyó.

No digo que porque leí un libro ayer que trataba sobre el mismo tema, hoy conocí un caso particular en mi realidad inmediata, pero ¿y quién lo podría desmentir?

jueves 5 de marzo de 2009

La Vanidad



La realidad es una configuración energética conformada por individualidades que suelen llegar a nuestra vida en forma de personajes.
El individualismo es una constante en la mentalidad del hombre, y se ha desarrollado en los últimos años de una manera imperante; sin embargo, no hay tanta brusquedad a la hora de definir al hombre, pues el hombre en virtud es un animal racional y emocional, que interactúa con la otredad en una escala de grises. Quiero decir, que el individualismo no posee una existencia física representada por cada uno de nosotros, sino que está representada por una fuerza incorpórea, extranjera, que el hombre adquiere mediante el contacto con una realidad definida. El individualismo, por claridad, es una idea, que no un corpus. Dicho esto, se suele presentar un atributo especial que las categorías de las emociones humanas clasifican como vanidad. La vanidad es un factor circunstancial que el individuo desarrolla desde la niñez, pero que se hace más presente durante la adolescencia. Es a ésta edad cuando el mundo personal empieza a tomar forma, empieza a forjarse un molde; a ésta razón podríamos agregar, para hacer más clara la función, la siguiente metáfora: “Es como un vaso vacío, al que se le va vertiendo el agua de la globalización –principal influencia- haciéndole llenar hasta el reboso”. La gente de los pueblos, al estar más alejada del denso arrullo de la información, desarrolla en menor grado la vanidad, que considero es la primer ruina del hombre moderno.

La idea no es eliminar la vanidad personal, porque de eso para muchos resulta en utopía; no obstante, la idea debe considerarse para aplacar el fuerte tremendismo de las emociones, que parece ser la causa de la grosera personalidad del hombre inmediato. Quiero suponer que muchos de nosotros comprendemos que la vanidad es esa compulsión emocional que nos hace fijarnos, en exceso, en nuestra apariencia física; sin embargo, constituye además un referéndum interior, que se evidencia por las supuestas necesidades materiales y espirituales que lejos de satisfacernos, nos reivindican al mismo círculo imaginario… ¿Imaginario?, se preguntarán algunos. Sí, imaginario, mortal. No hay razón sustentable para suponer que la vanidad es un atributo humano; más bien es una falla universal. Seamos honestos. Todos los días vive uno un poco más. Todos los días muere uno un poco más. Pero muere más rápido en consumo de su vanidad, actividad inservible que desequilibra el verdadero significado de la vida humana: el servicio y la evolución.