sábado 21 de febrero de 2009

Con tono despectivo



Laudatorias imágenes; soy espectador de mi propia vida, soy extranjero en mi propia tierra. No conozco lo que me rodea. Mis hábitos son delirios inconcientes. Los márgenes de error de mi cerebro se aceleran, se expanden, toman vino barato. La gente sigue pensando en los satélites…dicen: “...eso no es una luz, es un satélite”; las masas se mueven vertiginosamente; explota un cuadrado en cualquier calle. Se deletrean las heridas con todo detalle. Hace eco de su propia voz la muerte y se alcanza a escuchar (si se presta atención) como un cántico que arrulla, que te duerme. La marea crece. Lo que dicen que ES solamente se parece. Arriba hay una bola de fuego que nos gobierna, ¿nos parece natural? Las estrellas son gases en perpetua combustión ¿y nuestro aire? Se inyecta en nuestros órganos y decimos: “Tuve suerte de respirar”. El reflejo es un vaivén elíptico. En este momento están matando un muerto y está viviendo un vivo y están aplaudiendo las manos que matan a los mosquitos y está naciendo un mosquito. Me subo a la parte alta de un edificio y observo el tonal de los tiempos; observo como se mueve como un mounstro ignorante. Observo las lucecitas y las gentecitas. Arriba mi tonal tiembla: sabe que está perdido. Ni el paracaídas de Huidobro puede salvarlo. Pero ya no me asusto, porque en ese mismo instante, cuando me bajo del edificio, me agarro a las puertas de metal de mi escuela y contemplo (sólo en mi mente) como la carroña digería ese espíritu travieso. Y ese pinche tirano desapareció y ya no quedó tiempo para agradecerle lo que hizo por nosotros ¿o como lo ves tú, cabrón? Ahí, en esa serie de piedras, nos sentábamos a platicar: a ti te descubrían los estimulantes –Fumanchú- y yo mendigaba amor en todos los actos. Pues no es tan perra la vida, como dice mi abuelo invidente. Y no creo que vaya a morir hoy, porque si al menos me lee, esa cosa extraña que se aparece en los sueños y que desgarra la inmortalidad, viviré no como un recuerdo, sino como un pedazo de mondadientes del infinito, finito, infinito dolor.





21/Febrero/09
12:10 PM sábado

Aconteceres

Erase una vez una pequeña hormiga que dormía y dormía; no trabajaba y le gustaba sorber copos de nieve que cambiaba por dulces y sonrientes tarros de marihuana hervida la cual introducía a sus fauces, vomitando poco después y engolosinada con los efectos del estupefaciente. La hormiga que dormía y que dormía y que no trabajaba, siguió durmiendo hasta que se murió.


Adagio encontrado en la Biblia del Burlón


La pequeña mariposa que reposaba sobre las ramas de los árboles se enamoró del temible saltamontes; una noche, el pequeño trovador, la esperó a las afueras de una calandria. Cuando la mariposa desenfundó sus alas, vertiendo sobre el aire el polvo mágico que avisa el presagio de los ensueños, el saltamontes sacó una macana de policía que utilizó para corromper los designios de la naturaleza.


Autos encontrados en la Cláusula del Maloliente (Pablo 5:13)


Una vez, un hombre viejo, encontró sobre la cima de un cerro, una pequeña estatua que tenía inscritas las siguientes palabras: “Quien ose encontrar en mí el pecado de los hombres, no hallará más que desdicha y muerte”. Leído esto, el campesino se quitó todas las ropas, y con su barba, se hizo una trenza artesanal sobre la que guardó la estatua, que pasados unos días, le convidó el siguiente mensaje: “Si después de todo, no encontraste en mí el pecado de los hombres, eso querrá decir que el pecado de los hombres sólo se hizo para unos cuantos: tómame ahora o no te daré las cocacolas que traigo en la cajuela de mi stratus”.


Mensaje entregado al pueblo la madrugada de Marzo de 1591.


En el camino hacia las grutas de Honó Lulú me accidenté y me vi flotando sobre mi cuerpo. Tiempo más tarde abrí los ojos y le agradecí a la vida por dejarme respirar el aire de la esperanza. Estoy muy agradecido, porque a pesar de haber perdido parte de la cabeza, me siento casi completo.


Testimonio indígena de una Guayaquil de la Sierra Madre Occidental.


miércoles 11 de febrero de 2009

Los objetos y el yo

Nada más misterioso que la mente humana, y puesto que no tenemos con qué para dudarlo, pues mejor sería invertir nuestras ganas en esta delicada y retroalimentadora empresa: la de la mente humana.
Hoy por la mañana me he despertado, como cualquier otro día, y he hecho las cosas que tengo que hacer, paso por paso, poco a poco y pensando antes de realizar cada acción ¡Cosa vana! Al tener, presuntamente todo listo, me quedé un momento quieto, esperando para ver si mi cabeza recordaba algo más, algo más por lo cual hacer algo; pero nada, no recordó nada. Entonces salí de mi casa partiendo rumbo al trabajo. Cuando ya me encontraba en el camión, y cuando todavía estaba bajando, llegó a mi mente un dato importante ¡Había olvidado el enchufe de mi computador! Lo curioso es que, previo recuerdo, sentí como el peso que tenía en los hombros (porque cargo una mochila y sé que no debe llevarse nunca nada en las manos) era menos pesado que lo habitual. Enseguida mi mente asoció este hecho a la causa máter de no sentir el peso de siempre en mi espalda: el cable, enredado y métrico, era lo que faltaba y sumaba el peso acostumbrado para mi.

Ante este suceso, pensé en la suposición de despertar un día y encontrar un mundo vacío, solitario, en blanco, desértico. De ser así, lo primero sería sentir un gran susto, una gran confusión y después no habría escapatoria: ante un mundo mudo de objetos nuestra memoria es limitada, por no decir, rudimentaria y primitiva. Podría recordar quien soy, de donde vengo pero no a donde voy. No podría ir a ningún lugar, porque no recordaría el proyecto que venía pensando.
Mi mente necesita de los objetos para reconocer la realidad; se ha dicho alguna vez que las personas que leen, de alguna manera, amplían su lenguaje, y de esta manera, su realidad. Sin embargo, hay personas que no leen ni han leído nunca, y aún así, conocen tan bien el mundo que las rodea, que pueden moverse más activamente que aquellas que caen en la pereza de la intelectualidad por la intelectualidad. Los pensamientos deben ser comandos, comandos que dirijan nuestra atención y nuestro curso de vida, porque si no ¡andaríamos a la deriva, presos de algo que ni sabemos lo que es! La libertad comienza en el yo, y después en el mundo. Si uno no es libre de sí mismo ¿para qué pide libertad? Claro que este supuesto es válido sólo en ciertas circunstancias, pero en esta, la que se está dando a comienzos del siglo XXI, parece hacerse cada vez más concurrida y necesaria ¡Sepa Dios a donde nos lleve nuestro pensamiento! Por el momento, me apoyaré en los objetos que me rodean para recordar –y determinar- mi siguiente paso.

domingo 1 de febrero de 2009

El espeso infinito



¿por qué guarda apariencia la fatiga

a dónde viaja el ser desencarnado

qué invade este rincón -vida escondida-

donde el hombre vierte el pecho

desangrado?



no me asusta el olor de los relojes

al fin
y al cabo

todo el tiempo es regalado


yo me asomo, no lo sé
¿tú sabes dónde

estaba escrita esta palabra que ensoñamos?