miércoles 28 de enero de 2009

Las tres de la tarde

Las tres de la tarde es considerada una hora difícil. Parece ser que mi cuerpo sufre de una dolencia particular que lo fustiga ligeramente, llevándolo al hartazgo. No hay diferencias en cuanto a sí despierto tarde o temprano, apenas salgo, camino un poco, dan las tres y comienzo a desaparecer, levemente, sutilmente, hasta que mi cabeza comienza a pensar poco, es decir, se comienza a apartar del mundo, comienza a dormirse. Yo sé que se debe a una costumbre, un hábito que he desempeñado a lo largo de mi vida; ingiero unos cuantos alimentos, y mientras mi metabolismo los absorbe, mi cuerpo entra en una especie de “pausa anímica” que consiste principalmente en el adormecimiento, derivado del proceso de digestión o al menos, eso es lo que he aprendido y por lo que puedo dar fe ahora y sólo en este momento, no defendiendo, sin embargo, mi propia opinión del asunto, pues ¿de cuánto me estaría perdiendo de ser así?

Yo me alimento diariamente, mi cuerpo absorbe los nutrientes de cada alimento, sea este o no potencialmente energético. Busco la alimentación sana, aunque es bien sabido por muchos, que a veces lo más delicioso es lo más corrosivo. No me obligo a nada y sin embargo, lucho pausadamente por subir de peso, pues me hace falta.

Aquí en la tierra pasan cosas extrañas, parece ser que con la expansión del territorio humano, los acontecimientos se multiplican y a la vez, desaparecen instantáneamente. Cuando voy dentro de un vehículo en marcha, observo como se cumplen, en alguna y otra parte, eventos a los que asiste un determinado grupo de personas; algunas esperan afuera de algún recinto formando una cola, otras caminan rápidamente para llegar, si no exactos, al menos poco retrasados, a alguna parte. Observo gente de todas proporciones, edades, nacionalidades y géneros. Sé que la realidad, antes de ser una configuración de objetos, es una configuración de energía, una realidad energética. La silla, antes de ser silla, es un pedazo de madera, que mediante un proceso de refinación, se convierte en silla; la materia no es crea ni se destruye, sólo se transforma, y en ese cambio, un rústico trozo de materia se convierte en un instrumento para uso humano.
En la plaza, las personas caminan en todas direcciones, poseen una coordinación lo suficientemente desarrollada para no chocar unas con otras, aunque a veces, esto suele ocurrir: un joven va tan despistado que choca de repente con una anciana cuya lenta marcha obedece a una prudencia obvia. Yo suelo mirar los pájaros, llamados palomas, que abundan en numerosas plazas grandes. En la que tengo cerca, y por la que paso continuamente, yacen por montones y cientos, yendo de aquí para allá, volando de pronto, caminando con un ligero y gracioso movimiento de cabeza, siendo perseguidas por un infante, zurrando (porque no puede dejar de mencionarse) sobre las sillas, sobre el piso, sobre el pasto, sobre los monumentos, sobre las personas y hasta sobre ellas mismas, caso muy curioso. Donde haya árboles habrá pájaros que delimitan su territorio con el blanquecino contacto de sus eses y el pavimento. En el preámbulo de la noche, otro tipo de pájaro comienza a cantar, avisando del cambio estelar que diariamente se lleva a cabo. Y las palomas se retiran a lo alto de las iglesias o a los tejados de las casas próximas. Quien es bueno, les acerca un recipiente con agua para que beban, cerca de sus habitaciones, sin renta, sin mangoneos, sin gritos y hasta sin depravaciones, cosas que suelen ocurrir en los departamentos o en las casas de huéspedes. Bendito sea el compuesto de palabras “el otro día”, porque si no ¿cómo explicaría lo que les quiero contar? Pues resulta que “el otro día” un perro caminaba en la plaza, iba de un lado a otro y hasta se detuvo cuando los automóviles tenían libre el paso sobre la calle, luego cruzó con toda la gente que va de aquí para allá y dobló por un edificio, iba bajando bien atento a todo cuanto pudiera poner en peligro su curso, su lengua al viento y sus ojos fijos en el presente, hacia el sol sobre la marcha. De un momento a otro, algún peatón se detenía para mirarlo, otros volteaban el pescuezo en señal de extrañeza, y otros, como yo solamente, admirábamos su andar, como quien observa lo más inusual del momento, aunque inusuales son sólo los acontecimientos que no suelen ocurrir en nuestro inventario personal, por lo tanto, cualquier acontecimiento puede cancelarse al contacto de otras personas cuya referencia del mundo es más amplia y diversa. Bien dice el dicho: “A los ojos del viajero, cada cosa es un viejo referente”.

martes 13 de enero de 2009

Arriba de la Verdad

Escribir es el proceso mediante el cual asentamos el conocimiento para el bien de los demás. La posteridad es el orgullo que ese conocimiento puede llegar a adquirir.



Hemos llegado, como civilización, al límite. La historia humana ya alcanzó un esplendor, un antes y un después de; ya no es un antes y después de Cristo, ahora es un antes y después del siglo XX. La palabra es ahora un artilugio del viento de la influencia, la palabra ya ha dejado de ser un motor del pensamiento mismo ¿por qué? Parecemos repetir nada más lo que otros dicen, parecemos creer en lo que la televisión, el periódico, la amiga o el amigo cuentan. No es cierto. No hay conocimiento sin práctica. La percepción – el percibir- es lo único que habla cuando conversamos con otros sobre cualquier cosa, todos estamos percibiendo, y nos entendemos porque percibimos lo mismo. ¿Desde dónde me estás hablando, desde la voz de tu experiencia o desde la voz de tu percepción? No es lo mismo hablar desde el punto de vista de la experiencia que desde la percepción, hablar desde el punto de vista de la experiencia implica contar el asunto de manera objetiva, precisa y llanamente, tal y como sucedió, sin revestimientos, adjetivos, suposiciones, etc. Poder demostrar de lo que se habla, sencillamente.
Hablar desde el punto de vista de la percepción implica un conocimiento cultural y personal, arbitrario y cuestionable. A veces, confundimos la voz de nuestras palabras, combinamos la voz de la experiencia con la voz de la percepción.
La manera correcta de hablar es desde el punto de vista del espectador: uno es espectador de su propia vida; la única manera en que uno se vuelve protagonista de su propia vida, forjador de su propio destino, es a la hora de tomar decisiones, decisiones irrevocables, decisiones que conllevan a responsabilizarnos totalmente. No es válido decir “dejaré de tomar” y sólo aguantar dos meses para volver a caer en lo mismo. El vicio es un arma de autodestrucción, una especie de autosabotaje que tiene su origen en el poco amor a uno mismo, en el egoísmo puro. El verdadero amor a uno mismo nace a partir de la libertad de sentirse en paz, de sentirse autónomo, falto de muletas, energético, liviano. No nos engañemos considerando que los vicios son irresolubles. Para apartarse de cualquier vicio uno tiene que empezar por decirlo en voz alta, después apartarse de todo lo que esté relacionado con ese vicio: amigos, escuela, familia inclusive. A veces nuestro vicio es el enojo, y sí este se originó en nuestra familia, basta alejarse de ella, sino se puede físicamente, hacerlo paulatinamente, trabajando, estudiando algo extra en algún taller.
La trascendencia espiritual de la que debemos estar consientes ahora, en este nuevo siglo, es la evolución. Tomemos la evolución como una alternativa en nuestras vidas, en nuestros ideales, en nuestros deseos. La evolución implica recapitular todos los acontecimientos vividos, poco a poco y diario. Una vez finalizado un día, recordar todo lo que se vivió y lo que se hizo. Este es un comienzo. No importa quién dice las cosas, lo importante no es el autor de la poesía, sino la poesía misma; así lo importante no es el autor de las palabras, lo importante es la reacción que suscitan esas palabras en nosotros, en nuestro ser. La forma correcta de vivir está ahí afuera, sólo basta reconocerla, obtener la oportunidad mínima para acercarse a ella; puede estar dentro del albañil de la vuelta, o dentro del libro que te prestó tu vecina paranoica, o dentro de unas breves líneas de la biblia. Lo importante es que te mueva, te haga reflexionar, te modifique la percepción. No somos únicos, no somos lo mejor, todos somos iguales porque todos nos vamos a morir. Si de verdad nos amamos a nosotros mismos y a los demás, entonces deshagámonos de los vicios que contaminan nuestro cuerpo y amemos sin esperar recompensar, amar no es invertir.
Hoy reconocí en la calle a un niño, que años atrás vendía flores en una calle en particular. Me le acerqué como nunca antes, sin esperar nada y sin presunciones; pude hablarle durante aproximadamente tres minutos. Ahora tiene quince años y confesó haber trabajado en aquella calle tiempo atrás, calle en la que trataba de venderle flores a mis amigos sin conseguirlo. “Eso –dijo poco después- ya tiene varios años. Tenía como ocho”. Ese niño se mostraba antes bastante astuto, maduro para su edad; ahora que pude hablarle, y hasta saber su nombre –Camilo- percibí en él un dejo de inocencia aún, incluso como siempre imaginé que la tendría, pero a sabiendas de que nunca podía mostrarla. Sigue vendiendo flores y está más alto y gordinflón. Es lo bastante inteligente como para andar en la calle a altas horas de la noche. Él y yo somos lo mismo, somos lo bastante grandes como para saber que el tiempo te deja atrás y hay que seguir vendiendo flores, ya sea en la esquina o arriba de la verdad.

viernes 9 de enero de 2009

El espejo y el Intento



Es muy extraño encontrar una puerta, con la estructura de una ventana, empotrada contra una pared. Me he parado frente a ella, sacudiéndola con fuerza, y he notado que está bien sujeta, hecha con soberbia intención. No me importa el diseño ni el material, que en este caso es hierro sólido; lo que me interesa es el motivo ulterior que existió para que se haya construido así, y de esa forma, verme reflejado en ella. En el pasillo, a un lado de la puerta, dice el velador, se aparecen esos metafóricos seres de otros estados, duendes que son presencias más que objetos sólidos. Cuando me mandan cerrar la puerta del fondo, durante las primeras horas de la noche, ya siento un miedo latente, casi profundo si no fuera porque me considero un ser racional y sobrio, capaz de diferenciar una broma sutil de una ironía. Pero el viento de la influencia es fuerte, y mi mente divaga, gusta de fantasear cada vez que pasa junto al pasillo, al lado de la puerta metálica. La soledad es buena contra el ser reactivo, y por eso, sé que prefiero gozar unos instantes conmigo mismo a compartirlos. Mañana no sé que me depara y ayer ya es suficientemente obvio; las mismas canciones que escucho las escucha otra gente, las mismas respuestas que doy, las recibe otra gente, la ropa que uso existirá por montones, mi sudor será el mismo que el del vecino, pero algo no será lo mismo que nada, algo llamado intento. Esa fuerza, perenne a la gravedad, que deambula, según explican los brujos antiguos, por el universo; esa fuerza es capaz de dar vida a lo incorpóreo, de materializar objetos o de informar sobre cualquier cosa en cualquier momento. Para esa fuerza no existe el tiempo, te toca cuando te toca y es incorruptible. Sé que quien la controle es capaz de hablar, saber, tener el conocimiento de cualquier cosa en cualquier momento, ya sea que hablemos sobre las antiguas civilizaciones Incas o sobre la Intervención Francesa del siglo XIX en México o sobre la partícula cinética del átomo o sobre el eslabón perdido de Darwin; puede saber sobre los progresos de José Pérez de 1515 o sobre el hijo recién nacido de los Clinton. La persona que controla el intento puede dar saltos de gran altura y puede curar a cualquier persona de cualquier mal; quien controla el intento puede recordar con facilidad, no le está impuesto el olvido ni las leyes de los hombres, ni la cultura ni la nacionalidad, ni la fortuna, ni nada. El intento es mítico, el intento es magia incomprensible para la mente racional, es también locura, pero es ante todo, la valía de que el universo aún no nos ha revelado ni la décima parte de sus misterios.

sábado 3 de enero de 2009

El tosco camino a casa



Esta es la rencilla por donde miraré el mundo y los otros yacerán donde hayan ido y la calma se abrirá por los caminos y los ecos aumentarán su latido; no hay más sangre en las camillas y los otros yacerán donde hayan ido, y la calma se abrirá por los caminos y las nuevas maravillas aumentarán su latido. Esta es la rencilla del optimismo, no hay más mudos porque no hay lenguaje, todos se comunicarán con gestos y esos gestos serán elegantes y esos seres serán delirantes; de lira de lira lira estarán hechas sus cortezas y sus mandos, sus temibles ditirambos, sus maléficas sonrisas, sus guiños expectórales, sus –dile que sí a la niña-. Los hermosos terciopelos de los húmedos anhelos ya no estarán preocupados del corte de los riachuelos y de los sabios remangos; dale hoy calor al día, mientras duermes en cualquier cosa blanda, dale tu mú, dale tu si, dale tu ca, dale que sí, dale tu dale, que brincas los árboles, dale tú dale que brincas y caes.