Atrás de mí, estando en los comedores, decenas de personas entran y salen de una pequeña casa de empeños. Enfrente hay una optometría que antes era un cibercafé, donde yo, vestidito y con morralla, daba mis primeros clics a lo que se convertiría después el elemento cultural más influyente del siglo XXI.
He estado sentado aquí por más de 20 minutos y enfrente, en El Rincón del Oriente, donde compré una torta rellena, no ha comprado ningún comensal. Las únicas personas que pasan son las que van a los baños –pues quedan también en la parte de arriba de la plaza- y otros despistados. Mientras tanto, las dos damas se entretienen; una sacando cuentas con una calculadora, la otra, limpiando la cocina y acomodando topers y demás utensilios.
¡Oh, la primera venta! Un señor moreno que compró un agua mineral. ¿Estará crudo?
Se acerca otro señor, grande de edad, pero no ordena nada. Tal vez su visita apuntaba a otra dirección.
En la optometría la recepcionista –vestida de blanco y tal vez con conocimientos oculares; quién sabe- se para en la puerta, mirando hacia la muchedumbre de abajo, mientras chupa una paleta redonda de chile. El optometrista sale poco después de ella, le dice algo y luego se mete.
El señor del agua mineral descubre sus verdaderas intenciones: hacía tiempo, pues esperaba a una pareja. Se sienta con ella en una de las mesas del restaurante –diez en total- y saca unos papeles. Lo más probable es que traten asuntos económicos, pues la señora es más evidente en cuanto a sus dudas. El esposo (supongo) ojea los papeles asintiendo con la cabeza de vez en cuando, mientras el señor del agua mineral, con sus lentes puestos, habla y habla, señalando con el dedo algo en uno de los papeles.
Después de 40 minutos, los terceros clientes –tomándome a mí como referencia- llegan. Es una joven con su mamá y un niño en brazos. Cuida al hijo de la joven. Poco después sientan a la niña, que juega con unas fichas de colores, a la voz de -No las vayas a tirar- de la joven madre. La abuela se sienta junto de ella a esperar su orden. La madre entra al baño.
En la sexta mesa la señora se abanica, preguntando algunas cosas. El señor del agua mineral no para de hablar.
Personas cruzan y cruzan entrando y saliendo del baño.
-…lo que pasa- le escucho decir al viejo del agua mineral.
Yo observo, quizá consciente de que todos pueden darse cuenta. La esposa tose.
-…ofrecer servicio- le escucho perorar.
La niña lanza un grito. El asador del restaurante suena. Decido irme sin terminar de leer.

2 comentarios:
Mira lo interesante que puede llegara a ser lo cotidiano. La literatura es el gran chisme, dicen, de un buen observador.
Gracias por tu comentario en mi incipiente blog, me ha sido de mucha ayuda, sobre todo para darme cuenta de aspectos que no me gustan en la literatura -como los lugares comunes- y que puse en mi cuentito =(
Espero verte por acá si es que sí vienes a la U. de C.
Saludos desde Colima!
Krish--
Pues con tantas cosas que pasan alrededor, pues como que si es medio complicado sentarse a leer cómodamente y más en una mente inquieta como la tuya..
Puede que tu, te hayas tenido que alejar de ese lugar sin terminar de leer, pero nació un texto que nos alimenta de letras, aunque no seamos comensales de ese restaurante y que la mesa que ocupemos sea la múmero 11.
Un delicioso texto, una visión diferente de las cotidianidades... y cuantas historias más nacerán en esas mesas... y en todo lugar...
Un abrazo
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