viernes 28 de agosto de 2009

Celso y Maricruz

No quiero escribir de mi infancia pero no le temo, si es necesario ahora, debo decir que las primeras impresiones de ésta fueron muy fuertes, quedándoseme grabados numerosas e incontables imágenes del “quizá recuerdo”, que me hacen, solo por unos instantes, sentarme a escribir en lo que llega el necesario sueño. Ahora los recuerdo bien, eran una pareja, amigos de mis padres, cuya historia, ya desde mis primeros años, me dejó una y otra incógnita: eran Celso y Maricruz. Él era muy tímido, de rostro parecido al del escritor Juan García Ponce, punto de origen de lo que ahora relato, pues a partir de él me vino el recuerdo de Celso por su familiar fisonomía. Ella era de pelo rizado, muy guapa y antojable, incluso para un niño; sus formas eran la de una mujer en su mejor etapa madura, digamos que se diría que estaba “en su punto”, como señalarían algunos colegas míos. Morena clara y de amplia sonrisa, parecía tener una energía especial para vivir, cosa que le faltaba al mismísimo Celso, cuya plática era lenta, apagada, a reservas de grandes carcajadas y movimientos bruscos: era una buena persona. Me caía muy bien, pero no se me hizo extraño que Maricruz lo abandonara poco después. Recuerdo que una vez fuimos a casa de la pareja; mis papás platicaban con ellos en el comedor y yo quería inspeccionarlo todo; no me atrevía a entrar a su cuarto, donde se tejerían poco después macabras historias. Recuerdo el refrigerador en cuyo techo yacía una caja de CornFlakes, lo que le otorgaba a la pareja un aire light, moderno y apaciguado. Según escuché en pláticas de mis viejos “Celso había descubierto a Maricruz con su mejor amiga; hacían mucho ruido y Celso pegaba el oído detrás de la puerta sólo para preguntarse cándidamente ¿qué estarán haciendo esas dos allá?”. Pero poco tiempo después Maricruz se lo confirmó: se había descubierto lesbiana.
Luego pasaron algunos años, mi papá trabajaba en una empresa panadera de alta reputación; en el parque me decían “Bimbito”, pero no duró mucho, porque dejé de frecuentarlo (no por eso).
Paseando un día en mi bicicleta divisé en unos locales al bueno de Celso que trabajaba solitario en un local de artesanías convencionales, había aceptado todo sin mayor brusquedad, escapándosele el amor de su vida a la garras de una amiga suya. Un día le pregunté a Celso, cuyo tono blanco y cabello castaño, le particularizaba:
-¿Qué te pasó en el brazo tío Celso?- le dije así porque así me acostumbraban decirle; tenía una gran marca que le abarcaba todo el antebrazo: una cicatriz tremenda.
-Fue por no hacerle caso a mis papás- mencionó.
Y fue todo, no contó gran cosa. Sin embargo, tiempo después, yo tendría mi propia marca, pareciéndome a Celso en menor escala.
-Mira, ¿ya te mostré mi cicatriz?- me dijo de nuevo, olvidando que ya se lo había preguntado tiempo atrás.

Aquella vez que lo encontré, fui corriendo a casa para decirle a mamá sobre el acontecimiento, pero no pareció sorprenderse mucho. Luego nos visitó unas veces, hasta que, la última vez que le vi, encontró nuestra nueva casa y también nos visitó. Había quebrado en su tienda de artesanías y vivía con su mamá, no tenía pareja y trabajaba en alguna compañía que no recuerdo. Su aspecto era el de un hombre maduro, jovial pero visiblemente triste, de lento andar y movimientos.

1 comentarios:

aNdAiRa dijo...

A Celso lal vida se le fue de las manos, dejo de tener un motivo o quizá nunca o tuvo bien definido. Muy probablemente facilitó el redescubriiento de Maricruz en compañía de su amiga.
Tanta calma, tanta pasividad cuando en la vida hay que hacer las cosas con pasión, dejando todo en cada acto, caminar seguros que los pasos son firmes y no enfrascarse en el pasado o en un anhelo que se escapa de las manos porque solamente se maquiló en sueños.
Una vida de anhelos oníricos.
Pero esperemos que el buen Celso tope el fondo en su descenso de picada y se reanime.

Un abrazo!!!