sábado 13 de junio de 2009

Narcóticos


Hombres armados con rostros anónimos: esos son los hombres del país mexicano, quien con valentía turbia ensucian la cotidianeidad de la clase media y mantienen a los ilusos funcionarios en constante tregua de paz. El narcotráfico es una cena pagada con alimentos envenenados; son balas y morir como si nada, es persuasión, es fracaso, es dinero, es sangre, es víctima inocente y cárcel restringida. Se ha dicho que la religión es el opio del pueblo, el cáncer de las masas, pero el narcotráfico es la religión del malparido que va a misa y reza en voz alta por sus pecados de contrabando. Está tan inserto en el país mexicano que se ha formado toda una cultura alrededor de él. La música popular es la banda sonora de las historias de narcos; hacen creer al escucha en la mitificación de unos hombres apoquinados que suelen vérselas negras y salir librados a consideración de Dios. Incluso afectan a aquellos melómanos que solamente escuchan por el gusto de escuchar, a pensar que no es tan malo luchar contra la ley del gobierno, ellos que finalmente tienen la culpa y las manos manchadas de sangre. No me preocupa la cuestión de que si los niños van a volverse adictos o no. Cada quien es responsable de sus propias acciones y de sus propios hijos; pero creo que dejar de novelar un hecho tan dramático como el narcotráfico es el primer punto. El olvido se le otorga a los compañeros del odio: los narcos odian el sol de mediodía que les avisa cuando despertar y ponerse a trabajar como los hombres; pero ellos se calzan las botas, se abrochan la camisa tejana, se instalan el sombrero y se suben a la troca y pasan a recoger el polvo o las flores amontonadas para llevarlas a procesar inmediatamente; después salir para la ruta y romper contra uno o dos retenes policiales, si no es que también contra dos o tres policías locales, hombres que valen menos de un kilo fino de cocaína. La cultura del odio es la cultura de los narcos. Lucha estúpida porque se asesina a los hermanos por una orden mínima -sí, dale calle- de un capo más alto, capo al que le importas un pepino, capo que escucha música banda que no le causa más que falsa gloria interna, autoafirmación y la seguridad de que es correcto matar (o morir) a ser vencido. Capo que se casa con la más joven, capo que se embellece el rostro para no ser reconocido mediante una operación cara y quirúrgica. Los altos funcionarios tienen deudas, favores pendientes y no pueden dar al pueblo de la clase media tranquilidad en las calles relucientes de internet inalámbrico. Quedándote en un parque después de cierta hora puede ser tu última acción del día si la bronca ajena te alcanza. El león no es como lo pintan y el narco tampoco: son doctores, son abogados. Son delincuentes. El sol y los cerros recrean su espacio de libertad y creen que metiéndose a la sierra, con navajas y cuernos de chivo, lograrán encontrar el verdadero significado de su existencia. Largo. No hay espiritualidad en el pacto económico de las drogas. No hay enseñanza ni propósito abstracto. Me gusta la música de Brujería –la banda de metal pesado- porque se odia a sí misma, porque hizo del infierno un paraíso a la fuerza, porque lucró a propósito con lo único descarnado que tenía a la mano: la podredumbre del hombre narco, que se mitifica en cada canción, que se revitaliza en cada historia personal, que se momifica a través de la televisión y los medios electrónicos. Hijos de narcos, juniors: están acabados, no hay marcha atrás para la carne de carroña del McDonald de los mexicanos ignorantes.