jueves 5 de marzo de 2009

La Vanidad



La realidad es una configuración energética conformada por individualidades que suelen llegar a nuestra vida en forma de personajes.
El individualismo es una constante en la mentalidad del hombre, y se ha desarrollado en los últimos años de una manera imperante; sin embargo, no hay tanta brusquedad a la hora de definir al hombre, pues el hombre en virtud es un animal racional y emocional, que interactúa con la otredad en una escala de grises. Quiero decir, que el individualismo no posee una existencia física representada por cada uno de nosotros, sino que está representada por una fuerza incorpórea, extranjera, que el hombre adquiere mediante el contacto con una realidad definida. El individualismo, por claridad, es una idea, que no un corpus. Dicho esto, se suele presentar un atributo especial que las categorías de las emociones humanas clasifican como vanidad. La vanidad es un factor circunstancial que el individuo desarrolla desde la niñez, pero que se hace más presente durante la adolescencia. Es a ésta edad cuando el mundo personal empieza a tomar forma, empieza a forjarse un molde; a ésta razón podríamos agregar, para hacer más clara la función, la siguiente metáfora: “Es como un vaso vacío, al que se le va vertiendo el agua de la globalización –principal influencia- haciéndole llenar hasta el reboso”. La gente de los pueblos, al estar más alejada del denso arrullo de la información, desarrolla en menor grado la vanidad, que considero es la primer ruina del hombre moderno.

La idea no es eliminar la vanidad personal, porque de eso para muchos resulta en utopía; no obstante, la idea debe considerarse para aplacar el fuerte tremendismo de las emociones, que parece ser la causa de la grosera personalidad del hombre inmediato. Quiero suponer que muchos de nosotros comprendemos que la vanidad es esa compulsión emocional que nos hace fijarnos, en exceso, en nuestra apariencia física; sin embargo, constituye además un referéndum interior, que se evidencia por las supuestas necesidades materiales y espirituales que lejos de satisfacernos, nos reivindican al mismo círculo imaginario… ¿Imaginario?, se preguntarán algunos. Sí, imaginario, mortal. No hay razón sustentable para suponer que la vanidad es un atributo humano; más bien es una falla universal. Seamos honestos. Todos los días vive uno un poco más. Todos los días muere uno un poco más. Pero muere más rápido en consumo de su vanidad, actividad inservible que desequilibra el verdadero significado de la vida humana: el servicio y la evolución.

1 comentarios:

aNdAiRa dijo...

Creo que eso de la vanidad no pudiste describirla mejor... como ese vaso de agua que lamentablemente otros llenan... pero no la llenan de agua cristalina, sino muchas veces de basura con adornos vistosos.. que embelesan, que atraen, que te hacen pensar que esa visión general es la visión acertada.

y entonces se enfrascan tanto.. se echan un clavado para poder empaparse de todo eso.. y se pintan el cuerpo, la cara, la mente y la mente se va olvidando de lo verdaderamente importante y entre tanta basura uno ya no puede distinguir la realidad...

Solo queda la esperanza que alguien vierta agua cristalina, que llene el espacio y que empuje tanto hasta afuera... o quizá sea necesario otro líquido puro más denso, porque tanto y tanto ya pesa mucho...

Un abrazo...
Nos estamos leyendo