Yo me alimento diariamente, mi cuerpo absorbe los nutrientes de cada alimento, sea este o no potencialmente energético. Busco la alimentación sana, aunque es bien sabido por muchos, que a veces lo más delicioso es lo más corrosivo. No me obligo a nada y sin embargo, lucho pausadamente por subir de peso, pues me hace falta.
Aquí en la tierra pasan cosas extrañas, parece ser que con la expansión del territorio humano, los acontecimientos se multiplican y a la vez, desaparecen instantáneamente. Cuando voy dentro de un vehículo en marcha, observo como se cumplen, en alguna y otra parte, eventos a los que asiste un determinado grupo de personas; algunas esperan afuera de algún recinto formando una cola, otras caminan rápidamente para llegar, si no exactos, al menos poco retrasados, a alguna parte. Observo gente de todas proporciones, edades, nacionalidades y géneros. Sé que la realidad, antes de ser una configuración de objetos, es una configuración de energía, una realidad energética. La silla, antes de ser silla, es un pedazo de madera, que mediante un proceso de refinación, se convierte en silla; la materia no es crea ni se destruye, sólo se transforma, y en ese cambio, un rústico trozo de materia se convierte en un instrumento para uso humano.
En la plaza, las personas caminan en todas direcciones, poseen una coordinación lo suficientemente desarrollada para no chocar unas con otras, aunque a veces, esto suele ocurrir: un joven va tan despistado que choca de repente con una anciana cuya lenta marcha obedece a una prudencia obvia. Yo suelo mirar los pájaros, llamados palomas, que abundan en numerosas plazas grandes. En la que tengo cerca, y por la que paso continuamente, yacen por montones y cientos, yendo de aquí para allá, volando de pronto, caminando con un ligero y gracioso movimiento de cabeza, siendo perseguidas por un infante, zurrando (porque no puede dejar de mencionarse) sobre las sillas, sobre el piso, sobre el pasto, sobre los monumentos, sobre las personas y hasta sobre ellas mismas, caso muy curioso. Donde haya árboles habrá pájaros que delimitan su territorio con el blanquecino contacto de sus eses y el pavimento. En el preámbulo de la noche, otro tipo de pájaro comienza a cantar, avisando del cambio estelar que diariamente se lleva a cabo. Y las palomas se retiran a lo alto de las iglesias o a los tejados de las casas próximas. Quien es bueno, les acerca un recipiente con agua para que beban, cerca de sus habitaciones, sin renta, sin mangoneos, sin gritos y hasta sin depravaciones, cosas que suelen ocurrir en los departamentos o en las casas de huéspedes. Bendito sea el compuesto de palabras “el otro día”, porque si no ¿cómo explicaría lo que les quiero contar? Pues resulta que “el otro día” un perro caminaba en la plaza, iba de un lado a otro y hasta se detuvo cuando los automóviles tenían libre el paso sobre la calle, luego cruzó con toda la gente que va de aquí para allá y dobló por un edificio, iba bajando bien atento a todo cuanto pudiera poner en peligro su curso, su lengua al viento y sus ojos fijos en el presente, hacia el sol sobre la marcha. De un momento a otro, algún peatón se detenía para mirarlo, otros volteaban el pescuezo en señal de extrañeza, y otros, como yo solamente, admirábamos su andar, como quien observa lo más inusual del momento, aunque inusuales son sólo los acontecimientos que no suelen ocurrir en nuestro inventario personal, por lo tanto, cualquier acontecimiento puede cancelarse al contacto de otras personas cuya referencia del mundo es más amplia y diversa. Bien dice el dicho: “A los ojos del viajero, cada cosa es un viejo referente”.

1 comentarios:
Vaya es sorprendente todo lo que se puede ver cuando uno mira por la ventanilla del auto, cuando uno camina por las calles con la mente en este mundo, no cuando uno anda divagando por ahí, pensando sabrá Dios que cosas. Detenerse en los detalles, en las cosas cotidianas que por cotidianas la gente no contempla más, mirar como las nubes se mueven con el viento y abran la imaginación invitándole a encontrarle forma. Quedarse en la memoria el roce del viento, la calidez de los rayos de sol que calientan cuando el viento solo se dedica a enfriar.
Pero como bien mencionas esto ya es cuestión de cada quien, de cómo lo percibe y la magia que imprime en ello, como hay quienes no se dan cuenta del vuelo y canto de los pájaros, porque su mente se encuentra muy ocupada en cuestiones de distinta relevancia.
Yo confiezo que hay muchas ocasiones en las que camino encerrada en mis pensamientos, sintiendo la brisa, el sol, el movimiento de las hojas, pero a las personas las veo como un simple objeto en movimiento que no capta mi atención ni sus voces, ni sus ruidos, ni su obstrucción en mi andar. Yo simplemente voy y como diría Fernando Delgadillo “y aunque haya visto tanto… a veces miro más”
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