Hemos llegado, como civilización, al límite. La historia humana ya alcanzó un esplendor, un antes y un después de; ya no es un antes y después de Cristo, ahora es un antes y después del siglo XX. La palabra es ahora un artilugio del viento de la influencia, la palabra ya ha dejado de ser un motor del pensamiento mismo ¿por qué? Parecemos repetir nada más lo que otros dicen, parecemos creer en lo que la televisión, el periódico, la amiga o el amigo cuentan. No es cierto. No hay conocimiento sin práctica. La percepción – el percibir- es lo único que habla cuando conversamos con otros sobre cualquier cosa, todos estamos percibiendo, y nos entendemos porque percibimos lo mismo. ¿Desde dónde me estás hablando, desde la voz de tu experiencia o desde la voz de tu percepción? No es lo mismo hablar desde el punto de vista de la experiencia que desde la percepción, hablar desde el punto de vista de la experiencia implica contar el asunto de manera objetiva, precisa y llanamente, tal y como sucedió, sin revestimientos, adjetivos, suposiciones, etc. Poder demostrar de lo que se habla, sencillamente.
Hablar desde el punto de vista de la percepción implica un conocimiento cultural y personal, arbitrario y cuestionable. A veces, confundimos la voz de nuestras palabras, combinamos la voz de la experiencia con la voz de la percepción.
La manera correcta de hablar es desde el punto de vista del espectador: uno es espectador de su propia vida; la única manera en que uno se vuelve protagonista de su propia vida, forjador de su propio destino, es a la hora de tomar decisiones, decisiones irrevocables, decisiones que conllevan a responsabilizarnos totalmente. No es válido decir “dejaré de tomar” y sólo aguantar dos meses para volver a caer en lo mismo. El vicio es un arma de autodestrucción, una especie de autosabotaje que tiene su origen en el poco amor a uno mismo, en el egoísmo puro. El verdadero amor a uno mismo nace a partir de la libertad de sentirse en paz, de sentirse autónomo, falto de muletas, energético, liviano. No nos engañemos considerando que los vicios son irresolubles. Para apartarse de cualquier vicio uno tiene que empezar por decirlo en voz alta, después apartarse de todo lo que esté relacionado con ese vicio: amigos, escuela, familia inclusive. A veces nuestro vicio es el enojo, y sí este se originó en nuestra familia, basta alejarse de ella, sino se puede físicamente, hacerlo paulatinamente, trabajando, estudiando algo extra en algún taller.
La trascendencia espiritual de la que debemos estar consientes ahora, en este nuevo siglo, es la evolución. Tomemos la evolución como una alternativa en nuestras vidas, en nuestros ideales, en nuestros deseos. La evolución implica recapitular todos los acontecimientos vividos, poco a poco y diario. Una vez finalizado un día, recordar todo lo que se vivió y lo que se hizo. Este es un comienzo. No importa quién dice las cosas, lo importante no es el autor de la poesía, sino la poesía misma; así lo importante no es el autor de las palabras, lo importante es la reacción que suscitan esas palabras en nosotros, en nuestro ser. La forma correcta de vivir está ahí afuera, sólo basta reconocerla, obtener la oportunidad mínima para acercarse a ella; puede estar dentro del albañil de la vuelta, o dentro del libro que te prestó tu vecina paranoica, o dentro de unas breves líneas de la biblia. Lo importante es que te mueva, te haga reflexionar, te modifique la percepción. No somos únicos, no somos lo mejor, todos somos iguales porque todos nos vamos a morir. Si de verdad nos amamos a nosotros mismos y a los demás, entonces deshagámonos de los vicios que contaminan nuestro cuerpo y amemos sin esperar recompensar, amar no es invertir.
Hoy reconocí en la calle a un niño, que años atrás vendía flores en una calle en particular. Me le acerqué como nunca antes, sin esperar nada y sin presunciones; pude hablarle durante aproximadamente tres minutos. Ahora tiene quince años y confesó haber trabajado en aquella calle tiempo atrás, calle en la que trataba de venderle flores a mis amigos sin conseguirlo. “Eso –dijo poco después- ya tiene varios años. Tenía como ocho”. Ese niño se mostraba antes bastante astuto, maduro para su edad; ahora que pude hablarle, y hasta saber su nombre –Camilo- percibí en él un dejo de inocencia aún, incluso como siempre imaginé que la tendría, pero a sabiendas de que nunca podía mostrarla. Sigue vendiendo flores y está más alto y gordinflón. Es lo bastante inteligente como para andar en la calle a altas horas de la noche. Él y yo somos lo mismo, somos lo bastante grandes como para saber que el tiempo te deja atrás y hay que seguir vendiendo flores, ya sea en la esquina o arriba de la verdad.

1 comentarios:
Vaya ahora si me pusiste a pensar y hacer una análisis con tus palabras, tienes mucha razón, de repente nos concentramos más en contar la historia de boca en boca sin la certeza de que detalles fueron ciertos, cuales se han ido anexando, solo repitiendo por repetir, por no quedarse con la boca cerrada, por no parecer que no tenemos nada que decir.
Buen punto eso de no confundir la voz de la experiencia, se que hay quien dice que puede experimentarse en cabeza ajena, pero no creo que sea tan posible, igual y te marca un panorama general, pero hasta que no lo vives en carne propia no sabes lo que es en realidad y hasta que no sabes lo que en realidad es no se tienen las palabras para decirlo. Al menos no palabras fluidas que nacen de uno, no palabras adoptas que uno quiere que encajen a la perfección.
Uno se puede llegar a perder en el abismo de lo que cree, mas no de lo que ha aprendido, tomar las cosas como vienen tan naturales como son.
Son tantos aspectos, ton tantos los consejos, dejaremos que las palabras fluyan para sacar lo que hay en el interior, sin perder la inocencia, admirados por una flor.
De tu escrito me quedo con una frase que espero no te moleste que haga mia, con su debida mención. "amar no es invertir"
Nos estamos leyendo.
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