martes 25 de noviembre de 2008

A Mérida:

Con tus tres homónimos, le gustas a más de un prójimo; y tus veinte perros, los que andan descalzos y sonrientes, ya vuelven al celo, calientes. Siempre están los gatos de todos colores, algunos se comen. Eres los consejos de cualquier anciano, vestido de blanco. Eres cuando quieres, mujer con rebozo y alpargata y rabo, y toloc sabroso. Eres la decisión tomada de un brinco, sudando detrás de la puerta. Eres la abuela con ojo de vidrio, la sed de tareas. Eres el blanco camino de duendes que son presidiarios; la hermosa mujer de cabellos dorados y el vicio frecuente de los jubilados. La marca de un cerdo en el colmo del parto. Todos los domingos hay fiesta y descanso. Eres el canto de un pavo. Poeta, si tiro una piedra, seguro te mato. Eres carne de ídolos con nombres de santos. Iglesias sin voz pero con relicarios. Me gustas de noche porque te escondes al mundo. Tus calles son huellas de los vagabundos. Eres misterio, sí; alguien te tuvo. Libreta de nombres, peregrinas y aceretos, felipes con cruces, comedias y duelos. Jarana cansada de tanto resuello. Conquista y castigo, esclavos de siglos. Leyendas con mitos. De mí este silencio, no aprieto tus labios bebiendo tus sesos. Acoges galaxias que son ante todo, los seres humanos, por ser extranjeros, odiados de un modo. Política verde de yaqui venado. Chilam de la élite de los marginados. Un hueco en el patio y en el mar un charco. Adiós palomita, adiós gente buena, ha llegado la hora de pasar la cuenta, a la Mérida india con patria europea.