
El destino es un concepto muy antiguo; contradictorio, por ser efímero y real. Un ser humano, común y corriente, no puede detener el curso del tiempo, de las cosas. Es una soberbia incalculablemente absurda de sólo pensarse.
El destino es 50% elección y 50% misterio. La parte que desconocemos es absolutamente más interesante; es lo que debería mantenernos despiertos, a la expectativa. Es el elemento sorpresa.
El cambio ¿viene de fuera o de dentro? Si pensamos que viene de fuera tendría que aceptar que lo que hagamos no sirve de nada. Sí lo contrario, tendría que decir que es momento para hacerlo, para llevarse a cabo. Yo sólo soy un espectador de mi propia vida, no soy el protagonista, porque no puedo controlar ni dar por hecho nada de que lo ocurre a mi alrededor. Hay escenas en las que me veo totalmente diferente a como creo ser. Hay otras en las que me he sentido verdadero. Verdadero me siento sólo cuando no deseo irme, cuando no deseo nada más que este momento; verdadero me siento cuando puedo elegir sin arrepentimientos y sin delirios, cuando puedo lanzar la moneda al aire y encenderme con lo que vaya a tocar.
Los prejuicios al no ser confrontados intelectualmente, terminan por destruirnos.


