jueves 31 de julio de 2008

Recapitulando el aquí y el ahora


El destino es un concepto muy antiguo; contradictorio, por ser efímero y real. Un ser humano, común y corriente, no puede detener el curso del tiempo, de las cosas. Es una soberbia incalculablemente absurda de sólo pensarse.


El destino es 50% elección y 50% misterio. La parte que desconocemos es absolutamente más interesante; es lo que debería mantenernos despiertos, a la expectativa. Es el elemento sorpresa.



El cambio ¿viene de fuera o de dentro? Si pensamos que viene de fuera tendría que aceptar que lo que hagamos no sirve de nada. Sí lo contrario, tendría que decir que es momento para hacerlo, para llevarse a cabo. Yo sólo soy un espectador de mi propia vida, no soy el protagonista, porque no puedo controlar ni dar por hecho nada de que lo ocurre a mi alrededor. Hay escenas en las que me veo totalmente diferente a como creo ser. Hay otras en las que me he sentido verdadero. Verdadero me siento sólo cuando no deseo irme, cuando no deseo nada más que este momento; verdadero me siento cuando puedo elegir sin arrepentimientos y sin delirios, cuando puedo lanzar la moneda al aire y encenderme con lo que vaya a tocar.
Los prejuicios al no ser confrontados intelectualmente, terminan por destruirnos.

viernes 18 de julio de 2008

La vida como pelicula

¿De qué estamos seguros? ¿Qué es lo que conocemos? Éstas y otras preguntas son las que solemos hacernos; no conocemos el tiempo, la historia, la energía, la vida, el mar, el universo, el planeta, y más...

Creemos conocer, nos hacen creer que podemos conocer. Toda palabra es dueña de una gran carga semántica, palabras que pronunciamos en nuestra mente y que después hacemos presente por medio de los sonidos, pero no conocemos las palabras, nos comunicamos con mucho esfuerzo, casi siempre nos equivocamos al hablar, es difícil. ¿A quién le confiamos nuestra seguridad? ¿De qué estamos seguros? Yo no dudo que con esfuerzo se pueda conocer, se pueda estar seguro de algo, tener la verdadera seguridad de algo es sentir la misma fe. ¿Comprendemos las palabras? ¿Las conocemos? Si uno abre su mente al infinito todo el mundo conceptual se desmorona, porque en eso vivimos, en un mundo conceptual, marcado por la rigidez de las palabras e inválido a la hora de las acciones, teoría y práctica, dos mundos paralelos conectados por la ilusión de un puente, ese puente es lo que somos, no somos cuerpo, no somos palabras, somos ese puente histórico producto de una causalidad inamovible, que avanza y no se detiene, tomándonos prisioneros de su propio curso. Pero la cosa no se detiene ahí, ni es lo único que hay. Podemos estar seguros de algo, pero antes hay que conocer ese algo: la capacidad de elección. Se dice que principalmente los caminos del hombre tiene dos conductos: el bien y el mal. ¿Y si ésta teoría absurda se derribara ante la perspectiva de una tercera opción: el conocimiento de ambos? ¿Cómo podemos hablar con tanta seguridad de algo que desconocemos? Esa es la primera regla. No conocemos el tiempo porque este es percepción, no conocemos la historia porque ésta es parcialidad, no conocemos la energía porque no la llevamos a nuestras palabras, no conocemos la vida porque no la entendemos, no conocemos el mar porque no podemos, ni conoceremos el infinito porque no es necesario. La televisión cae, el Internet alerta, el pensamiento evoluciona...¿qué esperamos para conocernos?

sábado 5 de julio de 2008

Las estrategias del espíritu

Nos encontramos en 2008, en vísperas de grandes cambios, ansiando, temiendo, esperando. Las casualidades, los accidentes, las coincidencias son efímeras, inexistentes, meras ilusiones. ¿Comprenderemos las verdades que esconden las fuerzas ulteriores ajenas a la objetividad del hombre occidental? Posiblemente. Y es ésta una tarea única en su especie, personal y profundamente afectiva. Desde Descartes se tienen las nociones de alma/cuerpo (aceptadas por la ciencia) como dos entidades completamente diferentes y a la vez, sistemáticamente compenetradas. Son tiempos de cambio; daremos cuenta de que nuestros sueños no son simples esbozos de imaginación, subconciencia, energía. Son tiempos en los que sabremos alimentar el espíritu, el alma, el corazón. La gran fuerza creadora, que algunos llaman –amor- no es humana, tenemos la seguridad de personalizarla de acuerdo a nuestros parámetros personales y conocidos. Dicen que la realidad es aquella que uno ve, que uno vive y que uno se imagina. La realidad supera a la ficción, a la imaginación, todo lo que nuestra imaginación es capaz de lograr es limitado, lo único que nuestra mente hace es asociar, construir, esa es la única virtud de originalidad. El amor es una fuerza universal, tan magistralmente compuesta, que es inútil comprenderla a razón de ser, basta sentirla con fe. Por eso es necesario comprender el estado primitivo de dicha materia, despojarla de prejuicios humanos, falsas sinrazones, generosas etiquetas.

Tenemos una percepción grupal de la realidad, estamos demasiado puestos al alcance, a la intemperie. Debemos protegernos, y la única manera es descodificándonos, lustrando el espíritu. Somos una cosificación, nuestras reacciones son similares, nuestras emociones son sugeridas. Quien controla es el ego, la vanidad. Nuestra exacerbada importancia personal nos destruye y no nos permite ver, atisbar, observar con intuición. Lo que hay ahí afuera es digno de verse, de comprenderse, de asimilarse. Cuidemos nuestra energía. Repasemos nuestro pasado. Éstas y otras cuestiones son herencia milenaria. Y ahora más que nunca, son necesarias para el hombre del siglo XXI. Tenemos la oportunidad como seres vivos de acceder al conocimiento. Somos nuestra conciencia, nuestra memoria, nada más que ello. Somos una canción. Un poema.