domingo 3 de febrero de 2008

Una canción para Lucybell

Una de las habilidades mejor logradas que posee el grupo, en cuanto a las letras, es el factor polisémico, esto es, su diversidad significativa; por lo tanto las canciones pueden ser traducidas de mil formas posibles por los escuchas; talento del grupo, pues lograrlo no es cosa fácil a partir de una estructura musical y melodía respectiva. Lucybell lo tiene. En lo personal, podría dar fe de esta aseveración con múltiples ejemplos.

Añadiéndole otro punto a favor al grupo, me permito creer que la voz de Claudio Valenzuela es una de las mejores de toda América Latina y aún fuera; sin duda, una de las características más atractivas de la banda. Y por supuesto, esto en vivo y en directo puede constatarse.
Creo que su único punto en contra es, como en algunos buenos grupos, su mal manejo mercadotécnico. Aquí en México, a la fecha, aún no han sido editados sus tres primeros trabajos, los cuales, para los puristas y aún para mi, son los mejores. Tener la posibilidad de escucharlos detenidamente debe causar gran satisfacción. Yo veo a Lucybell a la par con bandas como Soda Stereo, Héroes del silencio, Café Tacuba y aún Los prisioneros. Pertenecen a otra generación, claro, pero son una gran banda de la cual debemos sentirnos orgullosos. Siempre se juzga a las grandes bandas por el sonido que han creado, pero las influencias en cualquiera de nosotros son más que perceptibles con sólo fijarnos debidamente. Y si ahondamos más aún, sobrará la razón para dársela a esta gran banda chilena.

Ahora como trío suenan renovados, sobrados de energía. Y los cambios que ha tenido la banda siempre han estado a favor, en el terreno de la creación, que nunca decae.
Muy pronto se le hará justicia a la banda, nos falta fe para creerlo.

viernes 1 de febrero de 2008

¿Dónde se habrá metido este Javier?

Cuando conocí a Javier Krahe ya era demasiado tarde: había envejecido. Pero seguía tan poco marchito como siempre que la voz no le había mudado y le sobraba genialidad, letra y humor inteligente para compartir.

He comentado la propuesta necesaria de tener cuando un menos un buen cantautor de cabecera sentado a un lado de la cama. Hacer de un buen espíritu el método perfecto para la vida anti simplista. Y me gusta pensar que Krahe pudiera ser el gran cantautor español de todos los tiempos, haciéndole mítico honor a ese cúmulo de características donde señalar la grandeza. De todos modos, esto sólo el tiempo lo entrega. Por el momento, escuche desocupado lector la obra, pues el mismo Krahe atenta una y otra vez contra sí mismo, aunque pocos entienden la sutil broma. Siendo objetivos, Krahe es magnifico, siendo lo contrario, Krahe crece, crece y se engrandece, como día a día la poesía de siglo de oro español, la que a él tanto le gusta: “Es algo que tengo interiorizado” en sus palabras.

Ninguno de sus discos se ha vendido legítimamente sobre territorio mexicano, así que este país para debe de ser para él ( en términos de conciertos, promoción o entrevistas) lo mismo que para Sancho Roma. Aún pese a esto, Krahe goza de un importante público cautivo que puede encontrarse en cualquier supermercado de supercherías. Ahora Internet lo soluciona todo. Y no es imposible viajar a España o encargarle a cualquiera uno de sus buenos disquitos. Aconsejo los primeros después de La mandrágora, disco que grabara al lado de Joaquín Sabina y Alberto Pérez a principios de los ochenta.
Últimamente ya se le brindó su merecido homenaje, donde artistas como Serrat, Aute, Sabina, Miguel Ríos, Alejandro Sanz, Pedro Guerra, Albert Plá, Rosendo, etc. se atribuyen uno que otro tema de su gusto.

Ya no digamos mucho más. Krahe envejeció sin marchitarse.

Saúl Hernandez: Mitología

Las generaciones pasadas siempre dejan un nicho donde acostarse, donde recapacitar la atención y subyugar la duda. Ese nicho es precisamente abrigado bajo los brazos del buen-recuerdo, un sitio cálido donde la manutención no cobra cara la existencia. Ese recuerdo vive constante en los corazones de la generación de finales de los ochenta, en donde una banda determinaba su apogeo mediante un sonido nunca antes escuchado en territorio latinoamericano: Caifanes. Lo que es un caifán bien pudiera denominarse ladrón, vago o pachuco; término utilizado décadas atrás y que señalaba precisamente esta peculiar forma de manejarse en la vida. No obstante el grupo originó una serie de opiniones encontradas con respecto a si eran o no los esperados salvadores de la música rock de todos los tiempos; no creo que se hayan equivocado, pues Saúl Hernández, su combatiente, aún sigue en pie de guerra; su sola figura puede ser tomada como la representación del Jaguar, símbolo prehispánico que retrata la agresividad y persistencia del espirítu guerrero.

Líneas pueden sobrar en esta reseña al hacer referencia a estas bandas: Caifanes y Jaguares, mejor denominadas, Saúl Hernández y CIA. Pero ¿por qué no decir que su labor apenas comienza a notarse dado el esfuerzo, trabajo y fruto de sus acciones? Es este un siglo en donde la máquina empieza a generalizarse cada vez más en la concepción del mundo del hombre común; toca a uno encontrar la verdad de sus actos, ser la consecuencia de sus propias acciones. Creo que la música de Jaguares bien refleja un tipo de cosmogonía necesaria para la comprensión de la totalidad de la vida libre, ésta pocas veces conocida y peor para nosotros, alcanzada. Sin embargo real, tanto como las nubes de este mismo cielo de todos.

Debemos reconocer el camino que con fuerte vela corre cuesta arriba. Y para alcanzar esto necesitamos de la interminable influencia de la vida exterior; el misterio, aseguran los dioses, no está dentro de nosotros, sino fuera.