Haciéndole honor al mítico realismo mágico, el sureste mexicano, donde radica mi hogar, no ha dejado de llover. Llueve seguido, llueve ahora, llueve ayer y llueve mañana. Y con éstas mismas gotas de agua la historia recorre el infinito, perecedero e imperturbable.Pero lo que nos precede es la música -esencia del alma- y no otra cosa. Gozamos actualmente de los bienes materiales necesarios para reproducir nuestro sentir en acordes, en notas, en cantos, y no sólo eso, de rescatar, la poesía universal, en bellísimos compartimientos legales: las obras.
Tenemos parte del Canto general de Pablo Neruda envuelto en poderosas atmosféras de Los Jaivas, grupo chileno de gran proyección. Tenemos obras de Spinetta - gurú de las esencias musicales- plasmada a partir de libros de gran literatura. Tenemos un guiño de Fito a Bukowsky, Henry Miller u Osvaldo Lamborghini o al propio Sabina declamando enérgicamente parte de la bienvenida útopica del Modelo para armar de Cortázar. No es esto casualidad ni coincidencia, sino intuición de parte del artista, intérprete o compositor. En México, tenemos sutiles correspondencias a José Emilio Pacheco -Las batallas en el desierto- de parte de Café Tacvba. A Saúl Hernandez -Caifanes, Jaguares - emitiendo glorificas reticencias a la literatura prehispánica de aquellos siglos intensos. Referente a esta medida encontramos a Santa Sabina interpretando poemas de Baudelaire o Xavier Villaurrutia.
Esto es solamente un trozo en la hechura contemporánea del arte, toca el destinatario -indiferente o desapercibido- hallar ese encuentro, ese empate de conciencias, de destino o de sabia percepción. No es uno sólo el camino, ni todos llevan a dios, examinemos con vicio.

